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Matheus Cunha: ¿Demasiado bueno para triunfar en Brasil?

Matheus Cunha, la etiqueta de “demasiado bueno” y el curioso doble rasero con las estrellas

En la lectura de cierta prensa inglesa de estos días, Matheus Cunha no tiene un problema de definición táctica ni de rendimiento. Tiene un problema de carácter. Es, dicen, “demasiado buena persona” como para convertirse en la gran figura de Brasil… y, por extensión, para triunfar en Manchester United.

El relato es sencillo y cómodo: al brasileño le falta “garra” para acompañar su talento. Un futbolista con guante en los pies, pero sin colmillo. Un jugador “bueno” en todos los sentidos, incapaz de dar el salto a “gran” futbolista. Suena redondo. Suena contundente. Otra cosa es que tenga sentido.

Porque el gran pecado de Cunha, según se desprende de la crónica de Jeremy Cross en el Daily Mirror, fue un gesto de humanidad en el Mundial: consolar durante unos instantes a Ao Tanaka, abatido tras la eliminación de Japón, antes de unirse a la celebración de Brasil. Un abrazo, unas palabras, un mínimo de empatía entre profesionales. Y a partir de ahí, toda una teoría sobre la supuesta falta de dureza competitiva del delantero.

El “acto de clase” de Cunha convertido en sospecha

El titular ya marcaba la línea: el “acto de clase” de Cunha no puede ocultar una “incómoda verdad” para Brasil y para el delantero del United. Esa “verdad” sería la percepción general —revelada aquí casi como una primicia— de que le falta esa mezcla de colmillo, ego y dureza que separa a los buenos de los grandes.

Llama la atención que esa narrativa aparezca de golpe, sin rastro previo de ese “sentir generalizado”. Y sorprende aún más cuando se recuerda que Cunha no ha sido precisamente un monje de clausura en su carrera: llegó a estar sancionado por un incidente con un miembro de seguridad del Ipswich, al que le quitó las gafas en pleno altercado. No es el currículum típico del futbolista blandito.

Pero en el papel, el encaje funciona: Brasil sufre, Brasil gana, Cunha consuela a un rival. Y alguien decide que ese minuto de humanidad retrata un defecto estructural del jugador y, de paso, del equipo. Demasiado bueno. Demasiado amable. Como si el fútbol de élite no estuviera lleno de competidores feroces que también son capaces de respetar al adversario.

La guinda llega con el remate final del artículo: cuando Neymar se retire, “pasará el testigo” a Vinicius Junior, no a Cunha. Una frase presentada como veredicto, casi como condena. Sin que haga falta recordar lo obvio: Vinicius es hoy una de las grandes superestrellas del planeta, pieza central del Real Madrid y de la selección. No tiene nada que ver con que Cunha se tome un minuto para consolar a Tanaka.

La conclusión es simple: Neymar no elegirá a su heredero en función de quién celebra más o quién abraza menos. Lo hará el campo.

El trato a las estrellas: Kane, el “humilde” con ego selectivo

Mientras Cunha es diseccionado por ser “demasiado bueno”, el tratamiento a otras figuras en la prensa británica sigue otro código. Craig Hope, del Daily Mail, describe a Harry Kane con una frase que, leída despacio, se desmonta sola: “no tiene ego en el sentido tradicional, es el más humilde de los superestrellas, pero no marca los goles que marca sin una tozuda dosis de alta autoestima”.

En una sola línea, Kane es al mismo tiempo el más humilde y dueño de una fuerte autoconfianza. Sin problema. Sin contradicción. Sin debate. La alta autoestima de Kane es virtud competitiva. La presunta falta de dureza de Cunha, defecto estructural.

La diferencia se acentúa cuando se repasa el vocabulario dedicado a Jude Bellingham en el pasado por el mismo periodista: “divisive soloist”, “poster boy for moodiness”, “brand ambassador for petulance”, “angry young man”. Un catálogo entero de etiquetas negativas para un joven que también vive bajo el foco, mientras Kane queda envuelto en la narrativa del líder modesto y ejemplar.

El contraste no es casual. Es cultural, mediático y selectivo.

Alemania, Nagelsmann y la etiqueta fácil

El manejo del matiz no mejora al salir del caso Cunha. En MailOnline, la eliminación de Alemania en los penaltis ante Paraguay dejó un titular que buscaba más ruido que análisis: Julian Nagelsmann “snaps” ante una “female reporter” después del fracaso mundialista, mientras Jürgen Klopp supuestamente mira de reojo el puesto.

La elección de palabras no es inocente. Se subraya que la periodista, Lili Engels, es “female” en el titular, aunque en el resto del texto se la cite solo como “reporter”. El detalle sirve para colocar una foto, para cargar el ambiente, para insinuar un matiz distinto: no es lo mismo “Nagelsmann responde tenso” que “Nagelsmann estalla ante una reportera”. Cambia la lectura. Cambia la carga.

Luego aparece el vídeo. Lo que se ve es un intercambio tenso, sí, entre un entrenador bajo enorme presión y una periodista que hace su trabajo. Nada cercano a un estallido. Ningún grito, ningún descontrol. Un diálogo incómodo, propio del contexto. Inflarlo a “snap” es vender drama donde solo hay fricción competitiva.

Japón, Brasil y el relato que no cuadra

Algo parecido ocurre con el enfoque del Daily Mirror sobre la victoria de Brasil ante Japón. Matty Hewitt llega a escribir que parecía que “los Three Lions iban a recibir un gran impulso” cuando Japón se adelantó en la primera parte y la Canarinha corría riesgo de quedarse fuera del torneo.

El contexto se cae solo: Inglaterra perdió con Japón hace apenas tres meses. Llamar “gran impulso” a que el rival que te ha ganado recientemente tome ventaja resulta, como mínimo, discutible. Más cuando Inglaterra ha vencido a Brasil más recientemente de lo que ha logrado hacerlo con Japón.

El relato no encaja con los hechos, pero sirve al tono deseado: dramatizar la situación de Brasil, presentar a Japón como un rival amable para Inglaterra y, desde ahí, encajar la narrativa sobre Cunha y la supuesta falta de dureza de la selección.

Bayern, Barcelona y la jerarquía contada a medias

En esa misma línea de relatos moldeados, el análisis de Craig Hope sobre el atractivo de Barcelona para Kane se detiene en una comparación entre Bayern y el club azulgrana: “Bayern no es Barca y la Bundesliga no es LaLiga. Der Klassiker no es El Clasico. Der Klassiker es Bayern contra Dortmund, por cierto”.

La explicación es útil para el lector más despistado, pero el tono destila condescendencia. Bayern queda reducido a un destino “estable”, “familiar”, “lógico”, mientras el Camp Nou se describe como “irresistible”. La realidad reciente cuenta otra historia: el equipo alemán llegó más lejos en la última Champions y levantó más trofeos que el Barcelona.

La grandeza histórica no se discute, pero el retrato resulta selectivo. Como en los otros casos, se eligen los matices que encajan con el relato que se quiere construir.

El telón de fondo: sospechas, decisiones y ruido

Entre todo este ruido, asoma otra pieza informativa: la decisión de la FIFA sobre investigar o no el Argelia–Austria tras las acusaciones de amaño, según recoge el Daily Mirror. Un tema grave, que exige precisión y pruebas, no adjetivos fáciles. Un recordatorio de que, cuando el fútbol se mezcla con sospechas de manipulación, el lenguaje importa todavía más.

Y ahí está el punto central de todo este mosaico: el fútbol moderno vive rodeado de relatos que se construyen con la misma rapidez con la que se consumen. Un gesto de Cunha se convierte en diagnóstico psicológico. Una respuesta tensa de Nagelsmann se vende como estallido. Un delantero inglés es al mismo tiempo el más humilde y dueño de una autoestima feroz, sin que nadie vea choque alguno.

En medio de todo eso, el balón sigue rodando. Y, por mucho que algunos titulares se empeñen, el futuro de Matheus Cunha —en Brasil y en Manchester United— no se decidirá por un abrazo a Ao Tanaka, sino por lo que haga en el césped cuando el partido se vuelva realmente áspero. Ahí no valen narrativas. Solo cuenta si la pelota entra o no.