Luca Zidane debuta en Mundial con Argelia
El apellido Zidane vuelve a un Mundial: esta vez, bajo los palos de Argelia
Cuando apareció el nombre Zidane en la espalda del guardameta de Argelia frente a Argentina, en el estreno mundialista de los norteafricanos, el estadio entero pareció viajar en el tiempo. El recuerdo de uno de los mejores futbolistas de la historia de Francia se instaló de inmediato en la mente de muchos. Pero no era Zinedine Zidane. Era su hijo, Luca Zidane, ocupando el arco argelino con una máscara negra que acentuaba aún más la potencia de la imagen.
No era un simple guiño al pasado, sino una historia nueva que se abre paso en el mayor escaparate del fútbol.
De los patios de Madrid al sueño argelino
Luca Zidane, 28 años, nació en Francia y se crió sobre todo en España, a la sombra del gigante que fue su padre en el Real Madrid, primero como jugador y después como entrenador. Podía haber seguido el camino más obvio, el de la selección francesa. Eligió otro. Eligió Argelia, el país de sus raíces paternas, el origen de sus abuelos, el acento cultural que siempre ha marcado la vida de la familia Zidane.
“Vivimos en una cultura argelina desde que éramos pequeños. Es un honor jugar para Argelia”, explicó en una entrevista anterior. No es una frase de compromiso: es el hilo que une su biografía con la camiseta que hoy defiende.
Esa decisión le abrió la puerta a lo que todo futbolista persigue desde niño: un Mundial. El escenario soñado llegó, aunque con el rival más duro posible en su debut: la campeona defensora, Argentina. La noche terminó con un 3-0 incontestable, firmado por un hat-trick de Lionel Messi. Un bautismo de fuego para cualquier portero.
La máscara y la cicatriz
Más allá del apellido, hubo otro detalle imposible de ignorar: la máscara negra que le cubría parte del rostro. No era un accesorio estético ni un capricho. Era la huella visible de un golpe que casi lo deja sin Mundial.
En abril, en un partido de la liga española con el Granada, Luca sufrió una fractura de mandíbula, lesiones en el mentón y una fuerte conmoción cerebral tras un choque brutal. Durante semanas, su presencia en la Copa del Mundo estuvo seriamente en duda. El calendario jugaba en su contra, el cuerpo también.
Se aferró a la rehabilitación. Llegó a tiempo. Y no solo llegó: se hizo con el dorsal número uno de Argelia para el regreso del país al mayor escenario del fútbol. La máscara, oscura y rígida, se convirtió en símbolo de resistencia. Cada parada, cada saque de puerta, llevaba implícita la historia de una recuperación contrarreloj.
Un apellido que pesa, una camiseta que late
Ver a un Zidane en un Mundial despierta algo más que nostalgia. Evoca la imagen del genio que levantó la Copa del Mundo en 1998 con Francia y que volvió a una final en 2006. Aquella figura elegante en el mediocampo, cabeza alta, control absoluto del balón, marcó a una generación.
Dos décadas después, el mismo apellido reaparece, pero en un rol completamente distinto. Ya no dirige el juego desde el círculo central. Lo protege desde la portería de Argelia. No hay regates ni controles orientados; hay reflejos, vuelos, manos firmes y órdenes desde atrás. Es otra forma de liderazgo, otra manera de habitar el mismo apellido.
Para muchos aficionados, la imagen de Luca Zidane bajo los palos, enfundado en la elástica argelina y protegido por esa máscara, mezcla pasado y presente en un solo plano: el mito francés en la memoria, el guardián argelino en el césped. El fútbol, una vez más, encuentra la forma de cerrar círculos y abrir otros nuevos.
El apellido ya hizo historia levantando una Copa. Ahora, desde la línea de gol, intenta escribir un capítulo distinto con los colores de Argelia.






