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El luto de España tras el empate contra Cabo Verde

No hubo derrota. No hubo gol en contra en el último minuto, ni un penalti fallado, ni una roja absurda. Hubo un 0-0 contra Cabo Verde en el estreno mundialista. Y, aun así, en la concentración de España en Tennessee se vive algo muy parecido a un duelo. Con “u”. Lo dice Mikel Merino, y no lo dice a la ligera.

El centrocampista del Arsenal fue el único futbolista que no salió al césped a las 11 de la mañana del día después del tropiezo en Atlanta. No porque se escondiera, sino porque le tocaba exponerse todavía más: sala de prensa, siete mesas largas repletas de periodistas enfrente y un ruido de fondo que no deja de recordarle a todos que esto es un Mundial y que cada tropiezo se amplifica.

“Como cada partido que no sale como quieres, cada jugador vive ese luto”, explicó. Luto por un empate. Luto por un arranque que no estaba en el guion. Luto por una selección que soñaba con otra puesta en escena.

El peso del 0-0

La selección había imaginado un debut muy distinto. Dominio, goles, una declaración de intenciones. Encontró, en cambio, ansiedad, precipitación y un rival que resistió. El marcador no se movió y el ruido creció. Dentro y fuera.

“Si hay algo que no nos viene bien es que haya pánico”, advirtió Merino. No levantó la voz, pero sí el tono. Treinta minutos de preguntas, todas apuntando a lo mismo: el golpe anímico, la presión, el miedo a que este Mundial se tuerza desde el primer paso. Y, sin embargo, el navarro se aferró a una idea: esto se gestiona como una familia.

La palabra apareció una y otra vez. Familia. Pero matizada, aterrizada, alejada del tópico vacío. “Es fácil hablar de ‘familia’, pero cuando las cosas no van bien, cuando son difíciles, es cuando de verdad ves esa ‘familia’”, dijo. Y aseguró ver “unión, ilusión y ganas de jugar bien”.

Egos, humildad y una sola camiseta

Merino abrió una ventana poco habitual al vestuario. No habló solo de fútbol, sino de jerarquías, roles y egos. “Es importante tener ego; como futbolista, con todas las críticas de fuera, lo necesitas para sentirte bien en el campo”, admitió. Pero lo cruzó con otra palabra clave: humildad.

Los jugadores llegan a la selección siendo figuras en sus clubes, acostumbrados a jugar siempre, a decidir partidos. Aquí, en cambio, “encuentran una nueva realidad donde solo unos pocos pueden jugar”. La gestión de ese choque es, para Merino, el verdadero significado de “familia”: aceptar, apoyar, contener, incluso cuando uno está enfadado o dolido.

“Puedes estar molesto, enfadado, pero esa energía tiene que ser positiva”, remarcó. No se trata de negar la rabia, sino de canalizarla.

El “luto” y el silencio en casa

A Merino le saltó pronto a la cara la palabra que había elegido. Luto. Dolió fuera. Sonó exagerada. Él la sostuvo. “Quizá no me expresé bien”, concedió, pero enseguida volvió sobre la misma metáfora. No se retractó, la afinó.

“Es un intento de metáfora, de comparación. Eres tan competitivo que, cuando no sale bien, a veces llegas a casa y ni siquiera quieres hablar con tu familia”, explicó. De ahí el luto. No hay tragedia, pero sí un vacío, una incomodidad que cada jugador gestiona como puede.

“Hay quien quiere ver el partido de inmediato; hay quien prefiere desconectar y pensar en otras cosas”, detalló. Él se incluye en el primer grupo: mirar el partido cuanto antes, enfrentarse al error, tragarse el mal sabor. “Eso no significa que sea el mejor enfoque para todos”, matizó.

La trampa del tiempo en un Mundial largo

En un torneo comprimido, el calendario suele ayudar: juegas mal, vuelves a jugar, te sacudes el golpe. Este Mundial, más ancho, más largo, ofrece otra cara. “Lo que quieres después de un mal partido es jugar otra vez enseguida para quitarte el mal sabor de boca”, admitió Merino.

Ahora, en cambio, hay días y días para darle vueltas a todo. “El riesgo es que tienes mucho tiempo para repasarlo; es un reto mental gestionar eso, evadirlo y estar lo más libre posible mentalmente”, apuntó. El balón se detiene, pero el ruido no.

Y ese ruido, recordó, forma parte del negocio. “Es la realidad; es parte del negocio, la razón por la que ganamos lo que ganamos, por la que el fútbol es tan grande, tan importante: porque vosotros estáis aquí para contarlo, para crear historias con las que explicamos cosas a los aficionados”, dijo mirando a la sala. Lo llamó “circo”, sin dramatismo, como quien asume un peaje inevitable.

Del impacto individual al escudo común

Merino se definió como alguien a quien le cuesta tragar un mal resultado. Le dura. Le acompaña. Pero con los años ha aprendido a acortar el duelo. “Cuatro, cinco horas y te das cuenta de que este Mundial acaba de empezar, de que hay tiempo para arreglarlo”, contó.

A partir de ahí, la mirada ya no va solo hacia dentro. Cambia el foco: el grupo. “Entonces puedes centrarte en el grupo, en lo que le ayuda”, explicó. Poner una mano en el hombro de quien no jugó, de quien falló una ocasión. O saber quién necesita justo lo contrario: espacio para ese luto silencioso.

Ese equilibrio entre respeto al dolor ajeno y empuje colectivo será clave en los próximos días, cuando la selección se entrene lejos de los focos, con el empate ante Cabo Verde todavía fresco y la obligación de no convertir un tropiezo en un problema estructural.

Ecos de 2010 y un espejo al que agarrarse

En medio de todo, una pequeña bocanada de aire: el empate entre Arabia Saudí y Uruguay. Merino lo confesó sin rodeos: sintió alivio. El grupo se aprieta y la sensación es que todo “empieza de nuevo”. No hay persecución desde atrás, no hay abismo en la segunda jornada. Hay margen.

“Me gusta ver el lado positivo”, dijo. Y tiró de memoria. El último campeón del mundo arrancó perdiendo contra Arabia Saudí. España, en 2010, perdió el primer partido y acabó levantando la copa. Él acababa de cumplir 14 años entonces. Aquella generación le marcó. “Es un ejemplo a seguir de gente que era ídolo”, reconoció.

Merino mira hacia esos referentes como quien busca un mapa en mitad de la tormenta. “A menudo tomo inspiración de deportistas que han vivido mis sueños antes que yo”, confesó. Esa España campeona, que supo levantarse de un inicio torcido, es el modelo que esta selección tiene en la cabeza.

Ahora, en Tennessee, el luto no es resignación. Es un estado transitorio, casi un ritual interno. El verdadero examen llegará cuando vuelva a rodar el balón. Entonces se sabrá si este 0-0 contra Cabo Verde fue solo un tropiezo incómodo o el primer aviso serio de un Mundial que no perdona a quien se queda demasiado tiempo mirando hacia atrás.

El luto de España tras el empate contra Cabo Verde