Vancouver y el Mundial 2026: Cambio, Control y Desafíos Sociales
Vancouver entra este miércoles en modo Mundial. No habrá aún goles ni himnos, pero sí un cambio palpable en la piel de la ciudad: más estructuras temporales, noches más ruidosas y un cerco normativo más estricto sobre el espacio público alrededor de B.C. Place y del FIFA Fan Festival en Hastings Park.
La ciudad calcula que unas 350.000 personas pasarán por B.C. Place durante el torneo. Con esa cifra en mente, el ayuntamiento activa el llamado FIFA World Cup 2026 Bylaw, un paquete de medidas temporales que regirá del 13 de mayo al 20 de julio de 2026 y que amplía sus poderes sobre publicidad, comercio ambulante, ruido, retirada de grafitis y gestión del espacio público.
Sobre el papel, el objetivo es ofrecer una experiencia “limpia, segura y organizada” para un evento que Vancouver vende como “una oportunidad única en una generación” para mostrarse al mundo. En la calle, el debate es otro: ¿celebración global o privatización encubierta de la ciudad?
Una ciudad que se redibuja alrededor de B.C. Place
El perímetro clave es un área “controlada” de dos kilómetros en torno a B.C. Place y Hastings Park. Dentro de ese anillo, casi todo cambia.
Se relajan las reglas para levantar infraestructuras temporales: fan zones, estructuras de señalización, instalaciones especiales cerca de los puntos neurálgicos. La idea es que el Mundial se vea, se note y se sienta en cada esquina estratégica.
Al mismo tiempo, se endurecen las restricciones sobre venta callejera, actuaciones de artistas urbanos y determinadas formas de publicidad. No se trata solo de orden: se trata de control de marca. La retirada de anuncios comerciales no autorizados será más rápida, con el objetivo explícito de blindar la imagen de FIFA y sus patrocinadores oficiales.
El ruido también tendrá otro tratamiento. Se amplían los márgenes permitidos, especialmente para ajustarse a los horarios de retransmisiones internacionales y a las necesidades operativas de los eventos. Las noches tranquilas de algunos barrios cercanos al estadio pueden convertirse en una banda sonora continua de generadores, montajes y celebraciones.
Incluso la logística diaria se verá alterada. Rutas de camiones y horarios de entrega podrían modificarse en las zonas más transitadas del centro para dar prioridad a la seguridad y a los movimientos vinculados al torneo.
Quien se salte las nuevas normas se arriesga a multas de entre 250 y 1.000 dólares por infracción. La aplicación de este régimen especial quedará en manos conjuntas del Ayuntamiento de Vancouver y del Vancouver Police Department.
Todo ello en un contexto de inversión monumental: entre 532 y 624 millones de dólares para organizar siete partidos del torneo, con el municipio asumiendo hasta 281 millones. Un precio altísimo por 630 minutos oficiales de fútbol, más todo lo que se construye alrededor.
El coste oculto: los márgenes de la ciudad
Mientras la ciudad afina su imagen mundialista, las voces críticas ponen el foco en quienes viven en los márgenes de esa postal.
“Esto es básicamente la privatización del espacio público”, advierte Penny Gurstein, profesora emérita de la School of Community and Regional Planning de la University of British Columbia. Su preocupación se dirige sobre todo hacia las personas sin hogar. En un entorno en el que la “limpieza” se convierte en prioridad política, temen que el resultado práctico sea el desplazamiento de quienes duermen en la calle.
El Ayuntamiento insiste en que el nuevo bylaw no modifica las protecciones ya existentes para las personas sin techo. Asegura que quienes viven en situación de sinhogarismo podrán seguir levantando refugios temporales nocturnos en los parques donde las normas actuales lo permiten.
Cuando habla de “embellecimiento”, la ciudad lo vincula a reparaciones de infraestructuras físicas —aceras, arreglos de espacios deteriorados, decoración de obras— y subraya que estas actuaciones “no tienen impacto evaluado en derechos humanos”.
La letra de la norma dice una cosa. La práctica diaria, con un Mundial de por medio, será otra historia que se escribirá en las aceras, no en los boletines oficiales.
Fiesta para unos, desalojo para otros
Margot Young, profesora de derecho constitucional en la Allard School of Law de UBC, va al centro de la cuestión: el impacto del Mundial no será el mismo para todos.
“Habrá disrupción, pero esa disrupción será distinta para diferentes grupos de la ciudad, dependiendo de su estatus social y económico”, señala. En otras palabras, no todos vivirán el torneo como una fiesta.
Quienes tienen recursos podrán comprar entradas, sumarse a las celebraciones oficiales, moverse con libertad entre fan zones y bares llenos. Para ellos, el Mundial será un calendario de días señalados, selfies y grandes noches.
En el otro extremo, los residentes con menos ingresos se enfrentarán a un mapa urbano que se reordena sin preguntarles. “Para las personas que están en la parte baja de la distribución de ingresos y riqueza… serán movidas por la reordenación del espacio urbano por parte de FIFA”, alerta Young.
La ciudad habla de una aplicación “informada por el trauma” en sus operativos, pero la profesora cuestiona hasta qué punto esa promesa se sostendrá cuando el balón empiece a rodar. “No hay un sistema en marcha para monitorear qué está ocurriendo con las poblaciones vulnerables”, apunta. Sin mecanismos de control independientes, la brecha entre el discurso y la realidad puede abrirse muy rápido.
Servicios que siguen… bajo presión mundialista
Desde el Ayuntamiento se insiste en que los servicios para personas sin hogar y los programas de apoyo se mantendrán durante todo el torneo. Vancouver cuenta actualmente, según datos municipales, con más de 1.500 camas de albergue y unas 8.100 unidades de vivienda con apoyo, además de equipos de alcance en calle, servicios de higiene y programas de almacenamiento de pertenencias.
Es una red ya tensionada en tiempos normales. El Mundial no la refuerza; la rodea con nuevas exigencias de orden y visibilidad.
Entre la promesa de una ciudad “limpia y segura” para millones de ojos globales y la realidad de quienes viven en sus bordes, Vancouver entra en la cuenta atrás hacia 2026. El fútbol traerá goles, banderas y un escaparate planetario.
La pregunta es qué quedará de la ciudad cotidiana, la que no sale en las retransmisiones, cuando el último visitante abandone B.C. Place.

