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Inglaterra enfrenta su tercer capítulo en el Mundial

Thomas Tuchel ya lo avisó antes de despegar rumbo a Estados Unidos: este Mundial sería una historia por capítulos. Miami fue el prólogo, la fase de grupos el segundo acto. Ahora llega el punto en el que el relato ya no admite borradores ni correcciones. Octavos de final. O sigues escribiendo… o te cierran el libro.

El “tercer capítulo” y el filo del error

Inglaterra se cita con RD Congo en Atlanta, en un cruce que, sobre el papel, debería ser asequible. Pero este torneo ha destrozado más de un guion. Alemania fuera ante Paraguay en los penaltis, Países Bajos eliminada por Marruecos y Ronald Koeman dimitiendo menos de 24 horas después. El Mundial se ha llenado de avisos en letras mayúsculas.

Tuchel lo sabe. Habla de “tercer capítulo” con la serenidad de quien entiende que, a partir de ahora, un mal día te manda a casa. Su equipo ha cumplido: lideró el Grupo L, ganó a Croacia y Panamá y solo se atascó en un 0-0 gris ante Ghana. Trabajo hecho, sí. Pero sin brillo constante. Y, sobre todo, sin seguridad atrás.

Una defensa bajo sospecha

Wayne Rooney lo resumió sin rodeos en BBC Sport: la zona donde más necesitas estabilidad —portero y línea de cuatro— es precisamente donde Inglaterra no la tiene. La fragilidad defensiva ya venía subrayada antes del torneo, con la preocupación centrada en los problemas físicos de Tino Livramento y Reece James.

Livramento cayó antes de empezar el Mundial. James, castigado por otra lesión de isquiotibiales frente a Croacia, confirmó los temores de quienes conocen su historial. Y cuando el recambio, Jarell Quansah, se lesiona ante Panamá, el castillo de naipes en el lateral derecho se tambalea del todo.

Ante RD Congo no estarán ni James ni Quansah. Tuchel asegura que “cada vez están más cerca”, con Quansah algo por delante, pero la realidad es que solo queda Djed Spence como lateral derecho específico. La otra alternativa pasa por desplazar a Ezri Konsa a la banda, lo que abriría la puerta a un regreso de John Stones al eje.

Nada de esto transmite calma. Stones, con 32 años, apenas disputó cinco partidos de Premier League antes de salir de Manchester City. James solo arrancó 20 encuentros con Chelsea. Y la apuesta de Tuchel por defensas versátiles, capaces de jugar en ambos costados o de pasar del centro a la banda, hoy se presenta como una trampa: mucha polivalencia, poca especialización donde más se necesita.

El fantasma de un posible cruce con Brasil y Vinicius Jr en Miami sobrevuela cada decisión. Un extremo de ese calibre exige un especialista. Tuchel, de momento, solo puede cruzar los dedos mientras repite mensajes optimistas sobre la recuperación de James.

Pickford fijo, el resto en el aire

Jordan Pickford es el único pilar inamovible. Del resto, nada es definitivo. Ante Croacia, Tuchel alineó a Stones y Konsa en el 4-2. En el siguiente partido, cambió: Konsa y Marc Guehi, con Stones fuera del once. El técnico alemán no ha encontrado aún una pareja central que combine jerarquía, ritmo competitivo y fiabilidad física.

El riesgo es evidente: en un Mundial de márgenes mínimos, una defensa inestable es una invitación al desastre. Y los grandes rivales ya han tomado nota.

El dilema Saka y la gestión de los minutos

En el otro extremo del campo, otro foco de preocupación: Bukayo Saka. El jugador del Arsenal fue titular por primera vez en este Mundial frente a Panamá, pero solo aguantó 63 minutos. Arrastra molestias en el tendón de Aquiles y cada decisión sobre su participación se mide con bisturí.

Tuchel lo tiene claro en el discurso: “Estos son los momentos en los que tenemos que encontrar la manera de ganar. Hay que cavar hondo y jugar al máximo nivel”. Y añade un matiz importante: “Somos los favoritos. Jugamos contra nuestras propias expectativas. Esperamos ir más allá de octavos, así que por qué el público no habría de esperar lo mismo”.

El mensaje va directo al vestuario. No hay margen para errores del entrenador. Tampoco para los jugadores.

Rice, el hombre que no puede faltar

Si algo dejó al desnudo el partido ante Panamá fue la dependencia de Inglaterra de Declan Rice. Tuchel lo había reservado, con buen criterio, tras asegurar la clasificación con un partido de margen. El mediocentro del Arsenal está apercibido por tarjetas y arrastra problemas en los isquiotibiales, además de un golpe en la pantorrilla sufrido ante Ghana.

Sin él, Inglaterra concedió 13 disparos a una selección teóricamente inferior y se mostró frágil ante cada contraataque. La pareja ofensiva formada por Jude Bellingham y Morgan Rogers funcionó hacia adelante, pero dejó a Elliot Anderson desbordado y sobrepasado en el centro del campo. El escocés-inglés trabajó, corrió, se multiplicó, pero el plan lo exponía demasiado.

Contra un rival de mayor nivel, ese desajuste habría costado caro.

Rice es el pegamento. Protege a una defensa cuestionada, da salida limpia, interpreta el ritmo del partido y, además, aporta en el balón parado. Sin él, la estructura se resquebraja. Con Harry Kane y Bellingham, forma el trío de futbolistas que Inglaterra no puede perder si de verdad aspira a levantar la Copa del Mundo.

En su caso, la palabra es contundente: irremplazable.

Un Mundial que castiga el exceso de confianza

Tuchel insiste en que no hay ni un gramo de exceso de confianza en su grupo. Y los resultados recientes le ayudan a sostener el discurso. Alemania, eliminada por Paraguay en los penaltis, ha dejado a Julian Nagelsmann en la cuerda floja, con una poderosa corriente de opinión empujando para que Jürgen Klopp tome el relevo. Países Bajos, con media Premier League en su once, se ha ido a casa a manos de una Marruecos desbordante de talento, y Koeman ya es historia.

El mensaje es brutal en su simpleza: el tamaño del nombre no protege a nadie. El precio del fracaso se paga al instante.

Tuchel lo resume así: “No hay ni un porcentaje de exceso de confianza en nuestro enfoque. Los partidos de octavos hablan un idioma muy claro. Los márgenes son muy estrechos”. Curiosamente, dice que eso le calma más que le pone nervioso.

Y desarrolla la idea: un Japón–Brasil o un Países Bajos–Marruecos podrían haber sido perfectamente cuartos o semifinales. Este Mundial ha comprimido las distancias. Los equipos llegan preparados, estudian al rival al detalle y es muy difícil desarmar a cualquiera.

El ejemplo de Brasil lo refuerza: el equipo de Carlo Ancelotti solo pudo tumbar a Japón con un gol de Gabriel Martinelli en el descuento. Ni siquiera el gigante sudamericano se libra del sufrimiento.

Atlanta, techo cerrado y presión abierta

En Atlanta, al menos, Inglaterra se ahorrará la asfixia del calor y la humedad. El techo cerrado y la climatización del futurista Atlanta Stadium de 1.600 millones de dólares eliminarán las excusas físicas. El escenario es perfecto. El contexto, no tanto.

La selección de Tuchel ha cumplido, pero no ha enamorado. Ha gestionado minutos, ha sorteado lesiones, ha probado fórmulas. Ahora llega la fase en la que no se permiten experimentos. Cada once inicial, cada cambio, cada ajuste táctico tiene peso de sentencia.

El rival, RD Congo, llega sin el ruido mediático de las potencias europeas o sudamericanas, pero en un Mundial que ya ha visto caer a gigantes, ese silencio puede ser engañoso.

Inglaterra se planta en el “tercer capítulo” con una delantera de nivel, un mediocentro imprescindible y una defensa que aún no se ha ganado la confianza del torneo. Si quiere que la historia acabe en gloria y no en tragedia, tendrá que empezar por superar esta noche en Atlanta sin dar pie a otro sobresalto mundialista.

Porque en este Mundial que devora favoritos, la pregunta ya no es quién puede dar la sorpresa.

La pregunta es: cuánto tiempo podrá Inglaterra esquivarla.