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Los futbolistas y su salud mental: el otro lado del Mundial

Vincent Gouttebarge sabe de qué habla cuando pronuncia la palabra dolor. Jugó más de una década como profesional en Francia y Países Bajos, convivió con lesiones, y colgó las botas en 2007. Desde entonces cambió el vestuario por el laboratorio y los despachos: hoy es director médico de FIFPRO, el sindicato mundial de futbolistas, y preside el Grupo de Trabajo sobre Salud Mental del Comité Olímpico Internacional, además de investigar en la University of Pretoria y en el Amsterdam University Medical Centre.

Mientras el Mundial masculino de 2026 arranca en Estados Unidos, Canadá y México, Gouttebarge levanta la mano para hablar de algo que rara vez entra en los análisis tácticos: la salud física y, sobre todo, mental de quienes saltan al césped.

El mito del héroe indestructible

“Los futbolistas no son superhéroes”, repite. Lo dice con la frialdad de los datos y la memoria de quien ha pasado por el quirófano. Las lesiones musculoesqueléticas son la parte visible del problema. La que se ve en los partes médicos, en las ruedas de prensa, en las repeticiones a cámara lenta.

Lo que casi nunca aparece es el resto: síntomas de problemas de salud mental, pensamientos intrusivos, conductas alteradas, ansiedad, depresión. Un cóctel que, según sus estudios, es “prevalente” en el fútbol profesional.

Años después de retirarse, Gouttebarge decidió centrarse precisamente en eso: en los desafíos psicológicos que atraviesan los jugadores durante su carrera y al cerrar la puerta del vestuario para siempre.

Mundial, gloria… y vértigo

El Mundial es el sueño. La cima. El momento que justifica una vida entera de entrenamientos. Ser convocado por la selección, escuchar el himno, competir en el mayor escaparate del planeta. Todo eso, admite, tiene un impacto claramente positivo.

Pero la historia cambia en función del rol y del resultado. No es lo mismo ser titular indiscutible que ver el torneo desde el banquillo. No es lo mismo avanzar rondas que caer en la fase de grupos. El brillo no es igual para todos.

Y la película no termina con el pitido final de la final. Ahí empieza otra carrera. “Tras el Mundial, los jugadores tienen que volver muy rápido a sus clubes”, alerta. Con suerte, una o dos semanas de descanso. Para muchos, ni siquiera eso. Prácticamente no existe un periodo real de recuperación entre una temporada y la siguiente.

El calendario no solo exprime el rendimiento. Ataca la salud.

Un calendario que no da tregua

La acumulación de partidos se ha convertido en una trampa. Competiciones domésticas, torneos internacionales, viajes interminables. En la élite, hay jugadores que encadenan dos o tres encuentros por semana, sin un solo día libre real.

En 2024, FIFPRO y las World Leagues pidieron a la FIFA una reprogramación seria de los torneos para introducir más tiempo de recuperación entre grandes competiciones. No se trataba de un capricho de vestuario, sino de una alarma médica.

La carga no es solo física o fisiológica. También es emocional y cognitiva. El futbolista vive en alerta permanente, obligado a rendir al límite cada tres días, a gestionar la presión externa y un entorno que ya no se apaga ni en vacaciones.

Las redes sociales han terminado de cerrar el círculo. El juicio es diario. No se limita a los 90 minutos. Cualquier error, cualquier gesto, cualquier declaración se multiplica y se queda pegada a la piel del jugador.

Lo que dicen los datos: patrones claros

En sus investigaciones desde 2012, Gouttebarge no trabaja con diagnósticos clínicos, porque el proceso sería demasiado largo y complejo para el contexto de la élite. Lo que mide son síntomas: pensamientos, emociones y conductas autorreportadas por los propios futbolistas.

Aun así, los patrones son nítidos.

Por un lado, están los estresores que comparte con el resto de la población: vida social, relaciones personales, problemas familiares, eventos adversos fuera del campo. El futbolista también discute con su pareja, pierde a seres queridos, se preocupa por su futuro.

Por otro, aparecen los factores específicos del deporte. Y ahí, una palabra domina el cuadro clínico: lesión.

La evidencia científica respalda una relación bidireccional entre lesión y salud mental. Un estado psicológico deteriorado aumenta el riesgo de sufrir una lesión musculoesquelética. Y una lesión grave, que obliga a pasar un largo periodo sin entrenar ni competir, se convierte en uno de los eventos más duros en la vida de un deportista.

El rendimiento inesperadamente pobre es otro detonante. Cuando el cuerpo responde pero la cabeza se bloquea, el impacto en la autoestima puede ser devastador.

El tabú que se resiste a caer

La salud mental sigue cargando con un estigma que atraviesa fronteras. En el fútbol, deporte conservador por tradición, ese peso se nota.

Gouttebarge percibe avances en Europa. Se habla más, se normaliza en algunos vestuarios, se abren espacios de formación. Pero el trabajo está lejos de terminar.

En otros continentes donde el fútbol es religión —Sudamérica, África, buena parte de Asia—, reconocer un problema psicológico todavía se interpreta como una debilidad. Un pecado contra la cultura del “ser fuerte”, del “aguantar”.

La comparación es demoledora. Si un jugador sufre un esguince de tobillo o una rotura de isquiotibiales, lo cuenta sin reparos. Se explican los plazos de recuperación, se detalla el tratamiento. Nadie cuestiona su profesionalidad.

Con la depresión o la ansiedad, la escena cambia. Silencio. Miedo. Desconfianza. Muchos temen la reacción del entrenador. Sospechan que, si se sabe que atravesaron un episodio depresivo, perderán su sitio en el once inicial.

Romper ese muro exige atacar en dos frentes. De abajo hacia arriba, con programas de alfabetización en salud mental, formación específica para jugadores y técnicos, espacios seguros de diálogo. Y de arriba hacia abajo, cambiando la estructura de poder.

Los comités médicos de muchas federaciones nacionales siguen formados casi en exclusiva por médicos deportivos, traumatólogos, cardiólogos. Falta una figura clave: el profesional de la salud mental. Para Gouttebarge, esa ausencia ya no es defendible.

Cuando el castigo es el aislamiento

Hay una práctica que le indigna especialmente: apartar a los jugadores que no entran en los planes del entrenador y obligarlos a entrenar al margen del grupo o con el filial.

La escena es conocida. Llega un técnico nuevo, la plantilla es demasiado amplia, y algunos nombres pasan a una lista invisible. No cuentan. Se les relega a otro campo, otro horario, otro vestuario.

Desde la óptica sindical, es un atropello. Esos futbolistas tienen un contrato firmado y derechos laborales básicos. Pero, más allá de lo jurídico, el impacto psicológico es profundo.

El apoyo social actúa como un escudo protector. Quitarle a un jugador su entorno de trabajo, su grupo, su rutina, es abrirle la puerta a un riesgo mayor de problemas de salud mental. En cualquier otra industria, aislar deliberadamente a un empleado se vería como una forma de acoso intolerable. En el fútbol profesional, aún sucede con una frecuencia inquietante. Para Gouttebarge, es síntoma de un liderazgo pobre a nivel de club.

Educación, evidencia y un cambio que ya no se puede posponer

En 2018, FIFPRO puso en marcha un programa educativo específico para futbolistas sobre salud mental. No fue un ensayo clínico aleatorizado ni una gran operación mediática, pero los resultados marcaron una dirección: tras la formación, las actitudes y los comportamientos de los jugadores mejoraron.

Bastó dedicar tiempo a explicar por qué los desafíos psicológicos deben ocupar el mismo lugar en la agenda que las lesiones musculares o articulares para ver cambios reales.

El mensaje es sencillo y, al mismo tiempo, incómodo para un sistema que se ha acostumbrado a exprimir al máximo a sus estrellas: cuidar la mente de los jugadores no es un lujo, es una obligación.

Con un Mundial que dispara audiencias y beneficios, la pregunta ya no es cuánto espectáculo puede ofrecer el fútbol, sino cuánto sufrimiento está dispuesto a tolerar puertas adentro.

Porque, como insiste Gouttebarge, detrás de cada camiseta y de cada himno hay algo más que un atleta de élite: hay una persona que también necesita descanso, apoyo y, sobre todo, ser escuchada.