Beccacece se despide de Ecuador tras eliminación en el Mundial
Ciudad de México rugió como solo el Estadio Azteca sabe hacerlo. Entre ese estruendo, con el eco de la eliminación todavía flotando en el aire, Sebastián Beccacece se despidió de Ecuador. Sin vueltas, sin excusas. Con dolor.
Su ciclo terminó con un 2-0 ante México en los octavos de final del Mundial, un golpe seco para una selección que venía lanzada tras una remontada épica frente a Alemania. El impulso, sin embargo, duró poco. México salió como un vendaval, pegó primero y luego se atrincheró detrás de una defensa que no concedió fisuras.
El propio Beccacece lo admitió sin rodeos: Ecuador fue superado en la primera parte. El equipo nunca encontró el ritmo, desbordado por la energía del rival y por un estadio que empujó cada pelota dividida como si fuera la última. La ilusión ecuatoriana, que había crecido con fuerza después de la fase de grupos, se topó con un muro verde.
Tras el descanso, el partido cambió de tono. Ecuador adelantó líneas, se adueñó de la pelota y empezó a jugar más cerca del área mexicana. Había intención, había rebeldía, había búsqueda. Faltó lo esencial: el gol que encendiera de nuevo la esperanza. México resistió con oficio, cerró espacios y defendió su ventaja con una serenidad que fue apagando, minuto a minuto, el sueño sudamericano.
Cuando todo terminó, llegó el adiós. Beccacece recordó que su contrato concluía con el Mundial y fue directo al punto: no cumplió la promesa de hacer de este “el mejor Mundial” de Ecuador. Por eso, dijo, debía irse. Habría querido seguir, lo dejó claro, porque sintió respaldo de jugadores y dirigencia. Pero entendió el peso del resultado y la lógica implacable del fútbol de selecciones.
En lugar de hablar de legado propio, señaló a los futbolistas. Recalcó que dirigió al equipo más joven en la historia de Ecuador en un Mundial y les entregó a ellos el mérito, el futuro, la herencia. No hubo reproches. Solo gratitud. Gratitud hacia la gente, hacia el vestuario, hacia un grupo que, según contó, le regaló “dos horas hermosas” después de la derrota, en la intimidad que no ve nadie, donde se construyen los vínculos que sobreviven a los marcadores.
La eliminación duele. El proyecto se corta en seco. Pero queda una generación que ya probó el escenario grande, que ya sintió el ruido ensordecedor del Azteca y la presión de un Mundial a vida o muerte. Beccacece se va con el corazón pesado, sí, pero deja detrás un grupo que apenas empieza a escribir su historia. La pregunta ya no es quién se marcha, sino hasta dónde puede llegar esta camada cuando le toque volver a este mismo escenario.





